Yo estuve en Can Masdeu REPORTAJE


Yo estuve en Can Masdeu
Por Bianca Sandoval
El mundo es muy grande y yo soy muy pequeña, así que para conocer el gran mundo, decidí subirme a un avión y aterrizar en el aeropuerto de Barcelona no sin antes hacer escala en Heathrow,  uno de los aeropuertos de la ciudad de Londres.
Quemé las naves y me quedé en la vieja, engreída y bellísima Europa, preguntándome si ella se sabrá bella y por eso se levantan en lo que antes eran espesos bosques, edificios de mediana altura que me reportan una sensación de alegría, entusiasmo y emoción extrema cuando volteo a verlos.
Cuando hablo de quemar las naves me refiero a que con premeditación, alevosía y nada de ventaja decidí perder el vuelo que me llevaría de regreso a mi dulce y convulsionado terruño.
He vivido durante mes y medio en una ciudad de Catalunya que es bastante aburrida y sosa pero que a cambio de su anodina presencia me ha dado la posibilidad de descansar de mi caos personal y del caos que he vivido durante 38 años en mi amado y odiado Distrito Federal. Mi tía mexicana que vive aquí con su esposo catalán, me ha dado cobijo y mucha buena comida en su casa.
Por añadidura y no sé si por casualidad o por destino, encontré aquí en Lleida un maestro de kundalini que me ha convencido de quedarme un mes más para adentrarme en la práctica sagrada y sanadora de este yoga tántrico.
En quince días estaré de vuelta en Barcelona, en donde estuve de visita el fin de semana pasado redescubriendo sus hermosos callejones repletos de tienditas mágicas en dónde lo mismo encuentras preciosos zapatos de mil colores que jabones carísimos eco-chic. 

Pero Barcelona, ahora que he vuelto y no sé si entonces cuando estuve, es una ciudad que además de creatividad y belleza desborda propuestas alternativas en torno a la permacultura y los huertos urbanos y no tan urbanos.
Por consejo de nuestro amigo Miguel Valencia de Ecomunidades, decidí visitar Can Masdeu, casa ocupa que está emplazada en la parte alta de Barcelona, en la sierra de Collserola.  El edificio que hoy está ocupado por una población fija de 20 personas que crece según el arribo de nuevos visitantes, solía ser el manicomio de Sant Pau.  

Pero lo más sorprendente de Can Masdeu no es que la gente pueda vivir ahí sin sentir “ñañaras” al saberse inquilinos de un antiguo asilo mental, de dormir en donde antes seguro se paseaban y gritaban dolorosamente una decena de almas literalmente en pena.
No señor, lo más sorprendente de todo es que ahí, en Can Masdeu, al subir la cuesta de la montaña y arribar al lugar, se extiende un oasis de huertos montañeses, que cuidan y trabajan felizmente tanto los mismos habitantes del antiguo manicomio, como los visitantes y los vecinos de los barrios de Barcelona que colindan con la casa ocupa.
Los vecinos, habitantes de la ciudad, suben consuetudinariamente a darle mantenimiento a sus parcelas y a cosechar hortalizas frescas para llevarlas a su casa. Algunos de ellos son viejitos que conviven en paz, tranquilidad y total camaradería con los ocupas.
De hecho la ocupa no existiría ya, si no fuera por el apoyo incondicional de los vecinos que impiden que la ley de la fuerza o la fuerza de la ley los des-ocupe de este antiguo “manicure”.
Los huertos son hermosos, están llenos de grandes lechugas, coles, caléndulas y demás maravillas que los huerteros amamos locamente. Y mientras los veía deseaba con fuerza  que toda la pandilla ecoloca del D.F. estuviera ahí conmigo disfrutando de tal vista.
Mi visita en Can Masdeu fue casi como estar en la aldea de Bilbo Bolsón, fue mi viaje a hobitton.
El edificio se encuentra montaña arriba de los huertos y es ahí donde además de vivir, dormir, cocinar y hacer pan para vender, los chicos organizan todos los domingos talleres y visitas guiadas gratuitas además de comidas comunitarias que tienen un costo de 4 euros por persona.
El día de mi visita tuve la buena fortuna de asistir al taller que el colectivo “Permacultura Barcelona” impartió. El permacultor italiano Antonio Scotty estuvo a cargo de explicar a un nutrido grupo de mugrosos (yo incluida) y a uno que otro ciudadano que si se bañó, los principios de la agricultura sinérgica, desarrollada por la catalana Emilia, pero con gran influencia de nuestro siempre admirado maestro Fukuoka San.
Nombres de nuevos personajes interesantes llegaron a mi vida: Barayotis Manitis, agricultor griego que maneja su finca tal como lo hizo el mismísimo “maistro” Fukuoka.
Luciano de Sevilla, un viejillo del que se sabe es quien más tiempo lleva en la práctica de la permacultura acá en España. Marc Bonfils de Bélgica, además del mismo Antonio Scotty quien al parecer también es un referente dentro del ámbito de la permacultura de este lado del océano y quien ha experimentado con diversas técnicas agrícolas además de escribir y difundir sobre temas permaculturosos.  
De todas las cosas que Scotty mencionó en el taller, me quedo con todo, pero me asombraron estos personajes, ¡tan nuevos para mí!,  y me revolotean en la mente sus palabras “Si hay enfermedad en las plantas, es que el suelo no está en buenas condiciones… la culpa no es del patógeno, sino de la pobreza del suelo”
Así como la frase del maestro Fukuoka –mi vaca sagrada- en la que tanto hincapié hizo:
“Es la naturaleza la que hace crecer las plantas, no las personas”.
Reportando desde Europa la bella
Bianca